A últimas fechas resulta frecuente enterarse de sucesos violentos en las calles por problemas viales. Se sabe de gente que se baja de su automóvil para agredir a otros que les cerraron el camino momentáneamente. Desde los que mandan a sus guaruras a someter a golpes a otro conductor, hasta quienes usan armas de fuego para ultimar a aquellos que tuvieron el mal tino de reclamarles sus atropellos, sin dejar de mencionar el maltrato al que se exponen los motociclistas.

Estos conflictos se presentan a lo largo y ancho de nuestro país, a toda hora. Los ánimos están encendidos, pues un motivo insignificante detona discusiones cuyos desenlaces pueden llegar a ser trágicos. Pero para llegar a este punto se han tenido que concatenar varios factores que trascienden desde los hogares hasta la vía pública.

Sabemos que la convivencia comunitaria establece reglas que deben guardarse para garantizar una buena calidad de vida, comenzando por la seguridad. Las leyes se dictan a fin de señalar las conductas que merecen ser sancionadas, indicar los límites aceptables y hacer que la dinámica social ofrezca libertad de movimiento para todos los integrantes de la sociedad.

El respeto a las leyes es un valor aprendido en la familia, pero que también se inculca en las escuelas. El problema es que cuando no hay homogeneidad en la educación –entendiendo que en este proceso intervienen las palabras y el ejemplo práctico- se crea un conflicto, una doble moral que propicia el surgimiento de la ambigüedad, un espacio gris que deteriora cualquier tipo de relación.

Cuando la ambigüedad se practica en la vida social favorece a la corrupción, pues se entiende que hay leyes que deben respetarse, pero también que pueden ser transgredidas y escapar de la sanción con algún tipo de soborno; de ser algo ocasional, se convierte en una práctica constante hasta que lo inusitado es que alguien decida hacer lo correcto.

En esta doble moral asusta que sea tan elevada la cantidad de delitos e infracciones que se realizan y que las sanciones solo recaigan sobre aquellos que no tienen los recursos financieros suficientes para pagar el soborno, haciéndose acreedores a recibir todo el rigor de la ley, pero con la saña de las autoridades enardecidas por la escasez de dinero de las personas que no pueden pagar el rescate de su libertad. Incluso si alguien resulta ser víctima de algún delito, debe asegurarse que sus agresores no tengan mayor poder –ya sea económico y/o de influencias- para aspirar a que la Justicia sea una posibilidad. Tristemente la aplicación adecuada de las leyes se ejecuta en casos donde los afectados son personalidades destacadas en alguna área de la vida pública, como artistas o políticos. El ciudadano común debe sentarse en el sillón de la paciencia para contemplar con incertidumbre el desarrollo del proceso legal que debería conducir a la compensación de los daños que le generó algún tipo de abuso.

La doble moral genera y fortalece la círculo vicioso, así mientras nos escandalizamos por aquellos hechos que destacan porque sus víctimas son personajes públicos, en el anonimato seguimos dando mordidas, tratando de saltar las reglas y darle la vuelta a las leyes establecidas.

La corrupción abunda, la desconfianza en el prójimo está a la orden del día; la desconfianza da lugar a la tensión, y la tensión a la violencia. Para reducir los encuentros hostiles en las calles es indispensable que cada cual decida respetarlas reglas desde el hogar.