No se trata de un programa de “Testigo Protegido”, más bien es el resultado de un ejercicio continuo de autoconocimiento, el despertar de la consciencia que nos permite distinguir entre lo que es verdad y lo que es una mentira adoptada.

A lo largo de nuestra existencia vamos aprendiendo a adoptar las formas que son aceptables dentro de nuestro entorno, más allá de las reglas de sana convivencia: lo que es políticamente correcto, entre lo que destaca la apremiante necesidad de satisfacer las expectativas ajenas. Muchas de tales expectativas van en contra del sano desarrollo de las personas, como la exigencia de no cometer errores, pues en la persecución de lo perfecto, la sola posibilidad de errar equivale a echar un contaminante letal al agua, haciendo creer a quien comete el error que no hay manera de arreglar la falla y aprender de ella para desarrollar una mayor experiencia.

La doble moral en la que crecemos nos conduce a jugar un juego de mascaradas que termina por confundirnos a nosotros mismos, perdiendo la noción de lo que realmente somos, de lo que buscamos y de nuestro propósito de vida. La bruma de las convencionalidades adormece la consciencia y ciframos nuestra vida a partir de la aceptación de terceras personas que en realidad no son relevantes en nuestro diario vivir. Así vamos creando personajes ficticios para interpretar en cada esfera, haciendo que nuestra confusión interna sea más complicada y difícil de disipar.

La esencia natural, el desarrollo armónico de cualquier individuo, de cualquier especie, es aprender a equivocarse, porque en el error está el aprendizaje y la maestría implica el cúmulo de pifias que deben cometerse para identificarlas y evitarlas. No hay salud en la eterna lamentación por equivocarse; es mucho más sano ver cada desatino como un paso de crecimiento. La aceptación de nuestra esencia nos permite vivir la vida de una manera más grata y productiva, pero requiere de despojarnos todas las máscaras hasta exhibir nuestro verdadero rostro, la identidad correcta para vivir nuestra vida de una manera útil, productiva, efectiva y feliz.

La verdadera identidad de cada cual no tiene relación con las máscaras que portamos en el día a día, por ello, la autenticidad resulta tan agradable, tan atractiva. Pero ser auténtico tiene un precio, porque al no jugar el juego de las apariencias, la objetividad puede herir susceptibilidades, la mentira que se pronuncia en aras de convivir pierde sentido. Atreverse a tirar mitos, sin embargo, es verdaderamente enriquecedor, porque se descubre una verdad liberadora, que edifica, que fortalece y anima.

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