¿Cuántas relaciones, no sólo de pareja, se tornan destructivas debido a que el vínculo de unión radica en el miedo, en la necesidad, en la paralizante sensación de pérdida? Muchas. Podemos pensar en las filiales, entre padres e hijos. Los primeros temen que los hijos, al volar hacia sus propios cielos, dejen en el olvido el hogar de origen, como quien se va sin pagar la cuenta en un restaurante. Entonces crean ataduras emocionales que generan culpa entre los jóvenes, con la sola idea de pensar en realizar sus planes. En otros casos, son los hijos quienes temen enfrentarse a su oportunidad de ser responsables de vida, de su felicidad, por lo que se anclan al hogar paterno de tal manera que dejan los veinte, rebasan los treinta y aún en los cuarenta se sientes pequeños hijos de familia que deben ser protegidos por sus padres… hasta que la muerte los separe.

Otra forma de apego es el laboral. Alguien que encuentra una fuente de ingresos, la cual puede ser la primera a la que acceden o bien, la que considera la “gran oportunidad” hasta que llega su experiencia ha dado todo lo que debía dar. Teme los recortes de personal y es capaz de soportar las peores condiciones de trabajo, pues no concibe que fuera de ese centro laboral haya otras posibilidades. Viven quejándose del jefe, de los compañeros, del ambiente, de la carga laboral, de la paga, pero no se atreven a soltar eso que detestan, más es “pan duro, pero seguro”, perdiendo así las grandes oportunidades de crecimiento que otras opciones podrían brindar. Incluso la alternativa de trabajar de forma independiente.

Un ejemplo más drástico, por la magnitud, es el apego comercial entre países. Cuando una potencia, sabedora de las ventajas económicas que tiene, decide cercar el campo de acción de un socio comercial, generalmente en vías de desarrollo,  al cual le paga cuanto quiere por sus importaciones, por sus productos y servicios, teniéndolo siempre con la amenaza de que podría rescindir el acuerdo, lo que significaría el cierre de una fuente de ingresos valiosa. Sin embargo, es una verdad al cerrarse una puerta, se abre una ventana y al perder el acuerdo comercial, el país en vías de desarrollo, podría descubrir que es un territorio comercial deseable para otros mercados, para otras potencias y bajo otras condiciones que podrían ser hasta más convenientes para  ambas partes.

El apego es miedo a perder lo que parece ser tan valioso, impidiendo que hagamos una buena lectura de los tiempos, porque nada es eterno, no existe en realidad un “para siempre” bajo las mismas circunstancias.  Los cambios ocurren cuando es necesario que sucedan. A veces es inevitable, como el deceso de un ser amado, quien a pesar de su propia voluntad debe partir de este plano. Pero la transformación del entorno abre nuevas condiciones para crecer, nuevas alternativas y retos apasionantes que nos permiten descubrir quiénes y cómo somos, hasta dónde podemos llegar.

El apego es una forma de autoesclavitud que no aporta ningún beneficio, porque de hecho torna a las relaciones tormentosas, destructivas. Es necesario aprender a disfrutar nuestro aquí y nuestro ahora, las compañías que nos rodean, los proyectos que nos involucran; pues cuando sea necesario decir adiós, seguramente nos encontraremos diciendo nuevamente “hola” a nuevas personas, nuevas relaciones y nuevas formas de crecer. Graphos Comunicación Creativa ofrece cursos de Desarrollo Humano, checa nuestro catálogo en www.graphoscc.com  o al tel: 01 55 4444 4917 gcc@graphoscc.com graphoscc@gmail.com