En años pasados, cuando escuchábamos sobre ataques en escuelas o grupos delictivos integrados por jóvenes que azotaban sus zonas aledañas –en países lejanos a México-, nos asustábamos por la pérdida de valores que se ponía de manifiesto en tales acciones. Creímos que no veríamos algo semejante en nuestro territorio. Sin embargo, la realidad es otra.

El acoso escolar, los ataques con armas de fuego y las conductas delictivas de grupos integrados por jóvenes ya son una realidad en México, poco a poco tiñen de rojo y de gris nuestro panorama, pero si somos justos y objetivos, debemos reconocer que esto no ocurre de la nada: descuidamos a las familias, erramos en el orden de nuestras prioridades y minimizamos las consecuencias.

La violencia que vemos en las calles, el poder del crimen organizado superando a las instituciones gubernamentales y la apología que se hace de personajes destacado de los grupos criminales son el alimento ideológico con el que nos nutren los medios, mismo que consumimos gustosos, como un veneno al que nos creemos inmunes. Y así sería, sólo si al interior de las familias hubiera comunicación y una clara visión de las consecuencias que tiene cada acción, o cada omisión, que se comete con los jóvenes, los adolescentes y los niños.

Decir que los tiempos pasados fueron mejores no ayuda en nada, más bien exhibe nuestra incompetencia, como generación a cargo, de hacer de esta sociedad un lugar seguro para vivir. La única salida viable para sanar las heridas que nos hemos hecho, es usar la comunicación, la convivencia sana con tiempo de calidad, como las vías para inculcar a nuestros hijos los valores, enfatizando la relevancia de su práctica y las consecuencias de no ejercerlos.

Las adicciones, la integración a grupos delincuenciales y las prácticas violentas en las escuelas, desde temprana edad, son señales claras de que hemos dejado de lado lo que importa para resolver lo que urge.

Nuestra sociedad requiere de la educación de forma prioritaria, entendiendo que ésta se inculca en el hogar, en la intimidad de la familia; la que se comparte con ejemplos prácticos y no solo con palabras; la que confronta a l@s niñ@s con las consecuencias de sus decisiones y actos a través de premios y sanciones, porque sólo así podrán hacerse responsables de sus vidas, contribuyendo a una mejor calidad de vida.

No basta con espantarse y culpar a terceros por lo que cosechamos hoy. Realmente es indispensable que nos cuestionemos qué sembramos ayer, para no hacerlo hoy, si realmente queremos enderezar el camino. Es una acción que cambia nuestra familia, nuestro entorno y a nuestro país.