Nuestra historia como país está plagada de traiciones, de dulces mentiras que pretenden alimentar un patriotismo mal entendido que nos lleva a conformarnos con un pasado glorioso de héroes, de grandes hazañas y que nos envuelven en una nube tóxica que nos duerme y nos hace víctimas de nuestra propia apatía.

Minimizamos los verdaderos asuntos relevantes que se presentan delante de nosotros, haciendo gala de un buen humor y reduciendo todo a un chiste, pero la gravedad es tal que debería ser una bofetada que nos despertara para hacernos comprender que lo relevante no está escrito en la historia novelesca, sino delante de nosotros, esperando a convertirse en un capítulo edificante en nuestra biografía nacional, superando la inmadurez que nos ha caracterizado y confrontar con valor la situación política, social, cultural y educativa que cruzamos.

El tema que en estos días ocupa los encabezados de los principales periódicos de nuestro país es la fuga del conocido capo del narco, El Chapo Guzmán. El hecho deja lastimada severamente la credibilidad de la imagen del Estado mexicano, pero también pone de manifiesto el poder de la corrupción, la ausencia de valores y la discrepancia de intereses en las altas esferas. Para algunos este hecho es un motivo de alegría por cuanto exhibe la ineptitud del gobierno, pero no meditan sobre el grado de inseguridad en el que vivimos. De forma paralela, nos sentimos indignados porque un magnate estadunidense se atrevió a expresar su rechazo por los “mexicanos” que viven en su país, tildándoles de parásitos sociales. Las respuestas de personajes como Eugenio Derbez y la postura de ciertos consorcios comerciales al respecto nos llenan de alegría y alivio, sin embargo, las palabras de Donald Trump no pueden afectarnos de forma tan severa como nuestra apatía ante hechos tan alarmantes como la fuga de un delincuente cuyo calibre le coloca entre los enemigos públicos más buscados a nivel mundial.

La forma en que se maneja la información de la fuga de este capo resulta absurda, irrisoria, dejándonos ante una encrucijada: no saber si reír por las explicaciones tan carentes de sentido y realidad, o sentirnos agredidos por la manera en que insultan nuestra inteligencia. Pero más allá de esta farsa hay una lectura que debería preocuparnos verdaderamente: nos saben tan despreocupados de nuestra vida nacional que pueden darnos explicaciones incoherentes que si bien no creemos, tampoco las rechazamos ni exigimos una respuesta comprometida por parte de las autoridades que ofrecen darnos un mejor país, “moverlo” a la prosperidad y darnos certeza en nuestro desarrollo.

Continúan los muertos, las venganzas entre los grupos del crimen organizado, la corrupción en altas esferas y la nula preocupación por las bases que dan sentido, fuerza y poder a una nación: la educación. Pero mientras no toquen nuestros bolsillos, todos estos problemas sólo son un buen tema de sobremesa para la hora del café.

¿Qué sucederá cuando no tengamos la estabilidad necesaria para que este país llene nuestros bolsillos y no tengamos ocasión para platicar sobre nuestros problemas en torno a un buen café? ¿Cuándo tomaremos nuestro lugar como sociedad para decidir nuestro rumbo nacional exigiendo transparencia y sanciones ejemplares para aquellos funcionarios cuya corrupta conducta les convierte en traidores a la patria? ¿Hasta cuándo dejaremos de ser cómplices?