La violencia que vivimos actualmente nos ha llevado a instaurar fechas dedicadas a las víctimas de dicha violencia, por tipología, señalando lastimosamente las heridas que como sociedad tenemos. Por supuesto es indignante descubrir los atropellos que se llevan a cabo en contra de personas por su género, por su edad, por su condición, por su religión, por sus tendencias políticas, por sus preferencias sexuales y por sus gustos personales. Resulta absurdo y hasta paradójico porque nuestra sociedad mundial contemporánea se dice abierta y tolerante de las diferencias, sin embargo, la realidad es la base que sostiene el funcionamiento de la dinámica social es, ni más ni menos, que una clara doble moral.

Nos asustamos del panorama que construimos, pero consideramos anticuado inculcar valores y principios en nuestras nuevas generaciones, mismas que se exponen a las nuevas tecnologías, pero sin un sustento moral que les permita ser dueños de sus decisiones, convirtiéndose en instrumentos de difusión de tendencias dañinas. Nos asustamos de la trata de personas, pero aún se ven autos rondando en las zonas de tolerancia buscando servicios sexuales, pagando el precio señalado, alimentando un sistema de corrupción que convierte a las personas en mercancías.

Foto: cuartooscuro vía Excélsior

Foto: cuartoscuro vía Excélsior

Exigimos que no haya acoso escolar, pero no nos interesamos en tener buena comunicación con nuestros hijos. Señalamos las fallas de un sistema educativo, pero les restamos autoridad a los maestros, empoderando a los niños cuando deberíamos colaborar en enviar alumnos con bases éticas y morales dispuestos a aprender y no a imponer.Aun nos sentimos superiores a nuestro prójimo por nuestro género, por los privilegios que creemos merecer dado nuestro nivel de estudio, condición social, apariencia física y los privilegios que nos otorga un sistema corrupto y desigual. Los medios señalan a los sectores vulnerables de la población como una forma de comercializar con sentimientos y emociones, cuando debían promover su integración a partir de un trato igualitario y con las mismas oportunidades.

Nuestras causas también son nuestras responsabilidades. Las heridas que nos abrimos como sociedad son hechas a partir de nuestra indiferencia, nuestra tendencia a discriminar las diferencias y a juzgar a quienes consideramos culpables por no compartir las mismas ideas. Comencemos por dejar de escudarnos en la ambigüedad de la doble moral. Seamos honestos y firmes en nuestras determinaciones. Entonces con total congruencia podremos salir a las calles y clamar por una mejor vida en común. ¿Estamos dispuestos a ser de una sola pieza o aún creemos que podemos ser como el camaleón en temas que comprometan nuestra postura ante la vida?

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